Esta semana se cumplió finalmente el primer año del gobierno de Javier Milei, un outsider que tuvo un ascenso fulgurante y sorprendente al poder, apalancado por el profundo proceso de crisis de la dirigencia política tradicional, y los cada vez más extendidos sentimientos de hartazgo ciudadano frente al patrón de frustración acumulada en las últimas cuatro décadas de democracia.
Un fenómeno político que no tiene precedentes en la historia argentina moderna, y que si bien tiene ciertos “parecidos de familia” con otras expresiones de la nueva derecha global, tiene rasgos peculiares que le parecen conferir identidad propia. Un proceso inédito que, si bien en muchos aspectos todavía está en construcción, no deja de ofrecer múltiples aristas para el análisis, y desafíos en lo que respecta a la identificación de los posibles escenarios de su desarrollo en el futuro próximo.
Es cierto que el relativo éxito de su principal promesa de campaña, es decir, la baja de la inflación fue fruto de una estrategia poco novedosa a que han recurrido varios gobiernos: el ajuste ortodoxo tras una fuerte devaluación, y el brutal enfriamiento de la economía que produjo la retracción de todas las variables económicas, habría de redundar inexorablemente en una baja inflacionaria. Un camino harto conocido, con algunos ganadores que se beneficiarían con medidas como la baja de algunos impuestos a la producción o el blanqueo, y con los mismos perdedores de siempre, como los trabajadores de ingresos fijos, jubilados, docentes, y empleados públicos, entre otros.
Sin embargo, la gran novedad radica en la magnitud y persistencia del apoyo social a un presidente que encaró la política de ajuste fiscal más brutal de la historia argentina, y que lo hizo además sin contar con recursos políticos e institucionales propios. Hasta hace poco más de un mes no tenía siquiera aún partido propio, no cuenta con gobernadores ni intendentes propios, y está en una posición absolutamente minoritaria en el Congreso.
En este contexto, este experimento a todas luces excepcional, se adentra en su segundo año de mandato, transitando un tradicionalmente tórrido mes de diciembre -en lo climático y en lo social- con una inusitada calma para un gobierno no peronista: sin movilizaciones piqueteras, sin protestas sociales ni gremiales de relevancia y, sobre todo, sin rumores de desestabilización.
Un éxito ante todo macroeconómico: inflación, riesgo país y dólar contenidos, mejora en la recaudación y reservas, confianza creciente en los mercados, entre otras variables económico-financieras. A ello se le suma la percepción mayoritaria de haber logrado ordenar la calle, la ostensible mejora a nivel de expectativas y, en el plano estrictamente político, la incipiente e inédita construcción de una hegemonía desde la más flagrante minoría, lo que da cuentas de una oposición que no logra superar la perplejidad o el temor frente al avance libertario.
No llama la atención, entonces, el clima de euforia que embarga a las huestes libertarias y que deriva en la hipérbole del “mejor gobierno de la historia” con que el propio presidente, siempre muy proclive al narcisismo, ya califica el proyecto que lidera. Con este prisma que le devuelve una suerte de efecto “legitimador” analiza Milei no solo el pasado y el presente de este peculiar experimento político, ratificando la pretendida efectividad de su forma de entender y ejercer el poder, sino que también proyecta un futuro signado por la radicalización en lo que respecta tanto a las formas como al fondo. Algo que quedó particularmente expuesto en el discurso del presidente en cadena nacional.
Una intransigencia rayana con la intolerancia; una firmeza que se transforma lisa y llanamente en agresión; un apoyo social que alimenta la idea de una presunta superioridad moral y que habilita el ataque a los presuntos responsables de la decadencia argentina; una cruzada casi mística que no admite contemplación con los enemigos y justifica la agresión, la descalificación y el insulto; un liderazgo de inocultable vocación totalizante e inspiración mesiánica que diluye limitaciones institucionales; una pretensión cesarista que dinamita el sistema de “pesos y contrapesos” democráticos”; delirios persecutorios que convierten derrotas en presuntas conspiraciones; un liderazgo que no admite el disenso ni valora el consenso, sino que procura la rendición incondicional y la humillación de sus rivales; una predica evangelizadora librecambista e individualista, carente del más mínimo atisbo de empatía por el “otro”, que lo lleva a desarticular incluso las capacidades estatales más elementales para la contención social y la atención de sectores vulnerables.
Todos conceptos que se han integrado en la hasta ahora exitosa narrativa “anti-casta”, piedra angular no solo de la argumentación libertaria sino de la actuación del gobierno. Un dispositivo simbólico que azuza las emociones negativas que fueron condición de posibilidad para la irrupción de Milei, apelando a la “casta” como una suerte de “significante vacío” que tiene altísima funcionalidad para sindicar a los presuntos enemigos de “los argentinos de bien” y a los “responsables de la decadencia argentina”, a la vez que exponer a los más variopintos integrantes de un espacio que en la narrativa oficial tiene siempre fronteras lábiles y flexibles según las necesidades coyunturales.
Aquí aparecen desde las “ratas” y “degenerados fiscales” que anidan en el Congreso, los “sindigarcas”, los periodistas “ensobrados” y “delincuentes del micrófono”, hasta los “empresarios prebendarios”. Etiqueta que, además, no solo aplica a los adversarios y opositores, sino que puede operar también para los sectores dialoguistas y, llegado el caso, incluso para los propios (como recientemente Villarruel)
Las encuestas, hoy le sonríen. No solo destacan sus niveles de imagen y aprobación de gestión -según las últimas mediciones de Aresco- sino el mantenimiento incluso del apoyo obtenido en el ballotage, con un 55% de acompañamiento que incluye un 30% de voto ideológico y convencido, y un 10% que manifiesta incluso su voluntad de seguir acompañando aunque la economía no se recupere. Si tenemos en cuenta que el 15% restante, tiene expectativas optimistas pero supedita su acompañamiento a que la situación económica mejore, hablamos de un bloque sólido de acompañamiento de aproximadamente 40%.
Lo cierto es que el optimismo en las filas del mileismo parece entonces justificado a la luz del balance de este primer año. Sin embargo, la euforia y el clima triunfalista se revelan -como mínimo- tan prematuros como riesgosos.
No solo porque muchos de los avances ruidosamente celebrados aún no se reflejan en el bienestar cotidiano y el bolsillo de la población, ni porque los rasgos salientes de este incipiente “modelo para armar” que constituye el experimento mileista dan cuenta de una lógica excluyente -ya conocida en la historia argentina- que amenaza con distribuir los beneficios de una hipotética recuperación de forma desigual, sino fundamentalmente porque persisten importantes incógnitas con respecto a si realmente Milei está en condiciones de ganar esa tan mentada “batalla cultural” y producir un inédito cambio de época en un país sempiternamente pendular en el que las hegemonías de ayer se convierten eventualmente en “elefantes con pie de barro”
Como escribiera el filósofo de Tréveris en el 18 Brumario de Luis Bonaparte, la historia y los personajes se repiten, primero como “tragedia” y luego como “farsa”. Un opúsculo que explica cómo en determinadas circunstancias un personaje mediocre y grotesco -como Luis Bonaparte- puede representar coyunturalmente el papel de héroe, avanzando sobre un gobierno republicano y representativo como el de la segunda república francesa para hacerse con un poder centralizado y dictatorial, y autoproclamarse eventualmente -como su tío Napoleón- “emperador”.
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