El agregado emotivo -y de nivel- fue que Billy Corgan reclutó para esta ocasión al mismísimo James Iha, aquel japonés de segunda generación que nos flasheó en el alba del grunge . La fórmula es la misma que se ganó nuestro corazón, a base de solos con pocas notas pero que cada una tenga corazón, y cuando menos te lo esperás, ahí sí: descarga de punteos y pedales de efectos . También el baterista original volvió a la banda: Jimmy Chamberlin maneja los graves desde su butaca, controlando una instalación de más de veinte cuerpos , que además se mezcla con pads digitales. ¿Querían nivel? Volvieron los Smashing… los posta.
La banda se completa con la gran Katie Cole en guitarra (sí, tienen tres guitarras, un show de fuegos artificiales) y Jack Bates en bajo. A lo largo de casi tres horas , The Smashing Pumpkins reveló un repertorio ideal.
Tanto clásicos de todos los tiempos como “Today” o “Bullet With Butterfly Wings” como nuevas joyas sonaron en el Arena de Villa Crespo. Hasta hubo tiempo para un encore hermoso : un homenaje a David Bowie, en donde James Iha cantó “Ziggy Stardust”. ¡Pañuelitos a mano!
Un vaivén entre eterna melancolía y rabia desesperada es el menú de una noche en la que todos buscan volver a sentirse como en casa . Si bien los últimos discos de los Pumpkins tuvieron buena recepción, cuando suenan canciones como “Cherub Rock”, “1979” o “Zero” el estadio entero parece abrazarse y cantar por otros tiempos .
Cualquier niño de los ’90 sabrá de lo que estamos hablando. Pero en la conexión que The Smashing Pumpkins despierta en su público hay algo que logra trascender generaciones , denotado en la demografía de su público. Con cada acorde y cada verso logran transportar a los oyentes a ese lugar donde se entremezclan los recuerdos y las emociones. Esa sensación compartida de nostalgia , que une a los más jóvenes con los veteranos de la escena alternativa, todos vibrando al unísono en un ritual de catarsis y pertenencia.

