Por eso, las casi nueve horas de vuelo desde México DF hasta Ezeiza (sumadas a las más de tres que pasaron desde que el entrenador y su familia hicieron el check in en Guadalajara), se convirtieron en el marco de una jornada que en el Mundo Xeneize terminaría siendo el preámbulo para una nueva etapa.
“Buenas noches a todos, gracias por estar acá, les voy a ser corto y sincero, mañana vamos a tener tiempo para hablar, para hacer una conferencia buena. Le agradezco, le agradezco mucho al hincha de Boca, por todo el cariño que recibí en estos días”, así arrancó el monólogo que duró menos de un minuto. Y que remató con una frase directa desde y hacia el corazón de la gente. “Vuelvo a casa, un beso grande, espero que estén muy bien”.
La guardia de prensa, esperable, hacía lo suyo desde varias horas antes del arribo del avión, previsto para cerca de las 21.30 pero aterrizado unos pocos minutos después de las 21. Lo que se fue generando alrededor era también previsible pero terminó siendo multitudinario por demás. Es que -sin una recepción organizada ni mucho menos- aquellos viajeros que llegaban al aeropuerto y sus familiares, o cualquiera que dejara un familiar y que (en cualquier caso) simpatizara con Boca, se quedaba esperando por la nueva figura. Que esta vez no era una estrella ni ningún jugador, pero que bien puede ser el que le devuelva la esperanza al equipo.
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