Milei y su mejor enemigo

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El autoproclamado y polémico “triunfo” de Maduro en unas elecciones presidenciales altamente sospechadas de fraudulentas también tienen un claro impacto en Argentina, cuya profundidad y alcance habrá de verse en los meses venideros.

El previsiblemente opaco y escandaloso proceso electoral venezolano conmociona a la opinión pública internacional y los principales líderes democráticos del mundo occidental, anunciando no solo un tiempo aún más aciago para la gran mayoría del pueblo venezolano -en su territorio o en el exilio- sino también dando lugar a un complejo e incierto escenario regional de implicancias aún imprevisibles.

Como si se tratase de una suerte de profecía autocumplida, un régimen que, desde hace ya varios años, viene deslizándose con cada vez más altas dosis de cinismo y perversión hacia la autocracia, el pasado domingo pareció consumar definitivamente dicho proceso con la manipulación de los resultados electorales a gran escala.

Un escandaloso desenlace que, en gran medida, se veía venir ante el desafío de una oposición mucho más unida que en procesos electorales previos, y los ardides a los que venía apelando el régimen de Maduro, como las proscripciones masivas y persecuciones judiciales a opositores, la manipulación de boletas o el rechazo a misiones de observación electoral independientes.

Lo cierto es que el autoproclamado y polémico “triunfo” de Maduro en unas elecciones presidenciales altamente sospechadas de fraudulentas también tienen un claro impacto en Argentina, cuya profundidad y alcance habrá de verse en los meses venideros. Un impacto que tiene múltiples aristas, tanto en el campo de las relaciones diplomáticas y el posicionamiento regional del gobierno nacional como -más claramente aún- en la política local.

Milei pareciera estar capitalizando el hecho de haberse convertido en uno de los más recientes y notorios adversarios del régimen bolivariano, un posicionamiento que el libertario explotó discursivamente desde su campaña presidencial, y que profundizó durante estos primeros siete meses en el poder. Dispuesto a consolidar su auto celebrado protagonismo como celebridad internacional de la derecha global y pretendido adalid de la libertad (en la particular y sesgada acepción que le asigna al término), y con un régimen chavista ávido de encontrar nuevos adversarios para azuzar su conocida narrativa antimperialista, la mesa para el contrapunto estaba “servida”.

Los escarceos y diatribas se multiplicaron así de un lado y del otro, en un contexto en el que el gobierno, en consonancia también con su alineamiento con los Estados Unidos, mostró abiertamente su apoyo a la oposición, sin preocuparse por las formas de la diplomacia ni las posibles acusaciones de injerencia, fogoneando así el enfrentamiento abierto con el régimen. No llamó la atención, por ello, que mientras la oposición venezolana esperaba con cautela los resultados del oficialista Consejo Nacional Electoral (CNE), el presidente ya festejaba el triunfo de la oposición y advertía que no reconocería un triunfo oficialista. Es más, con su habitual verborragia en la red social X, no dudó en calificar a Maduro como “dictador”, aún antes de que se expidiera la CNE.

Posteriormente, ya en el plano diplomático, la Cancillería completó la jugada promoviendo un comunicado suscrito por Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana y Uruguay, exigiendo “la revisión completa de los resultados con la presencia de observadores electorales independientes que aseguren el respeto de la voluntad del pueblo”. A partir de allí, el conflicto también escaló en el plano diplomático.

Pero este posicionamiento adversarial con un régimen cada vez más aislado y con una legitimidad cada vez más cuestionada -incluso entre otrora aliados- no solo le sirve a Milei como un refuerzo identitario que fortalece los contornos de su perfil dentro del heterogéneo espacio de la “nueva” derecha global, sino que pareciera tener asimismo una evidente funcionalidad en el escenario interno a partir de una revitalización de la antinomia “kirchnerismo-antikirchnerismo”.

Si bien los vínculos históricos y las afinidades político-ideológicas entre el kirchnerismo y el movimiento fundado por Hugo Chávez le permitieron a Néstor Kirchner acoplarse a los vientos de cambio que marcaban un giro hacia la izquierda tras la hegemonía liberal, insuflándole a un presidente que llegaba al poder con una débil legitimidad de origen una identidad que entroncaba con otros gobiernos de la región y que oficiaba como contrapeso a los intentos de Bush por dar forma al ALCA, con el tiempo acabó convirtiéndose en un vínculo incómodo para muchos dirigentes peronistas que evitaban pronunciarse abiertamente sobre la situación en Venezuela.

Así las cosas, la cruzada antichavista de Milei puede resucitar una grieta que parecía ya perimida, algo que el llamativo silencio de Cristina, las tímidas adhesiones de algunas organizaciones del universo kirchnerista al gobierno de Maduro e incluso las declaraciones de un ministro de Kicillof, pueden servirle para reordenar políticamente un espectro opositor altamente fragmentado. A la vez, no oculta sus intenciones de que siendo punta de lanza contra el chavismo en la región, pueda ser “premiado” con apoyos financieros que enfaticen su respeto a la propiedad y el libre mercado. Un anhelo, por cierto, bastante difícil.

Fuente: https://www.lapoliticaonline.com