La decisión del asistente puede parecer algo temeraria: desde el costado de la cancha, está a unos 35 metros de donde Romero manoteó la pelota. Pero Falcón tiene que confiar en lo que Belatti le indicó y luego, confiar en lo que Jorge Baliño, desde el VAR, le dijo: no es una acción de apreciación arbitral, sino factual. Si le dicen desde Ezeiza que no fue gol, Falcón no puede hacer otra cosa que aceptarlo.
Sí, en cambio, pueden achacársele otras cosas, más en el aspecto disciplinario que en el técnico. Técnicamente, se puede discutir alguna que otra falta opinable, pero en general no tuvo mayores polémicas, y en las faltas que le pidieron casi siempre estaba pegado a las acciones y decidía con rapidez y determinación. Pero en lo disciplinario, pareció querer “manejar” las situaciones de boquilla, hablando mucho en vez de tomar medidas, y esto, que durante el primer tiempo le dio resultado, se le terminó desmadrando en el segundo.
En esa primera etapa, su mayor omisión fue la amarilla a Borja porque ponerse una camiseta con un mensaje, en el festejo de su gol, encuadra en la figura de “festejo desmedido” igual que si se la hubiera sacado. Es una norma discutible, pero que existe. Si el colombiano hubiese sido amonestado en esa acción, ya no podía después tener ese cruce de compadritos con ojo, por el que el árbitro amonestó a los dos, y seguir en la cancha.
Y hubo dos jugadas que el árbitro amonestó y eran de roja directa: la plancha de Colidio en la pantorrilla de Zenón (27’ST) y el insólito patadón de Figal a Enzo Díaz a los 50’ST.
Muchas otras situaciones que pudieron ser amonestadas (como el empujón de Cavani a González Pirez, que el defensor exageró teatralizando una caída) y que Falcón intentó manejar muñequeando; no le dio resultado, porque los jugadores comenzaron respetándolo, pero luego se manoseaban, empujaban y decían de todo delante de sus narices.
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