Era principios de mayo, los combates se intensificaban y era necesario realizar evacuaciones medicas para retirar heridos de la isla y llevarlos a continente. En la noche del viaje, los ataques aéreos enemigos hacían que el vuelo fuese sumamente peligroso. El primer despegue debió ser suspendido por una alerta roja y debieron permanecer en un refugio.
Cuando los aviones ingleses se alejaron el Hércules partió hacia las islas. Liliana recuerda ese viaje en silencio, sin luces y al ras del mar. El avión se desplazaba casi como si fuera un barco. Una vez en Malvinas la decisión fue de no apagar motores y que el avión permanecería carreteando todo el tiempo. Las compuertas se abrieron y Liliana junto a otro médico militar saltaron del avión en movimiento, el viento, el frío y la oscuridad de las islas se apodero de ellos. Las ambulancias llegaban con las puertas abiertas entregándoles camillas con heridos que ellos subían al poderoso avión en movimiento, luchando contra la fuerza de las turbinas que empujaban un frío y poderoso viento en contra.
Mientras duró el rescate, Liliana corrió con camillas de heridos en medio de una pista donde no se veía nada. En medio de la oscuridad el Hércules comenzó a cerrar su compuerta, era la señal para terminar la misión. Los aviones enemigos se acercaban y el peligro de un bombardeo crecía, Lilia subió al Hércules y abandonó las islas. De camino de vuelta, Liliana pudo observar a los Harrier de la fuerza aérea británica que los buscaban.
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