Con el fracaso de la ambiciosa “Ley de Bases” en el Congreso, el presidente optó por profundizar su cruzada contra la tan mentada “casta”, ya no solo cargando contra los legisladores -blanco preferido de sus ataques- sino también sobre los gobernadores, a quienes comenzó a fustigar discursivamente y a asfixiar financieramente a través de un inédito recorte de transferencias, la eliminación del Fondo Compensador para el transporte público y el anuncio de la no renovación del Fondo de Incentivo Docente.
Fue en este marco de disputa con los mandatarios provinciales en el que se filtró un debate que el presidente ya había alimentado desde sus tiempos de panelista en programas de televisión, y retomado en varios momentos durante su campaña electoral: el de la cultura y los artistas. Una polémica que, por cierto, ya había tenido también un capítulo relevante en la gestión durante el turbulento tratamiento de la “Ley Ómnibus”, que en su redacción original avanzaba sobre instituciones de la cultura como el Fondo Nacional de las Artes o el INCAA.
Lo cierto es que tras el traspié legislativo y la confrontación con los gobernadores, y luego de que el presidente fustigara al cordobés Llaroyra por criticar el recorte de los subsidios al transporte mientras concedía presuntas exenciones impositivas al festival Cosquín Rock, el debate volvió a la escena con una virulencia desproporcionada con respecto a la magnitud de los problemas más urgentes que afectan a un país con un 57% de pobreza.
Se expresaron así múltiples artistas, de diversas generaciones y variados géneros, pero el presidente eligió como adversaria privilegiada a Lali Esposito, a quien se refirió en varias entrevistas y posteos en sus redes sociales con epítetos poco adecuados a la investidura presidencial, desproporcionados en razón de la evidente asimetría de poder, y de una inocultable impronta misógina.
Más allá de lo absurdo de una discusión muy alejada de los problemas reales y urgentes del país, quizás lo más curioso y preocupante de la afiebrada diatriba presidencial contra Lali radica en el rol que le asigna a la popular cantante -entre otros artistas- en un supuesto dispositivo de reproducción ideológica de un socialismo que ha hegemonizado la cultura.
El propio presidente lo explica apelando a una particular y distorsionada exegesis del pensamiento del intelectual italiano Antonio Gramsci (1891-1937), plasmado en forma fragmentada y sin pretensiones sistémicas en sus célebres Cuadernos de la Cárcel escritos en la prisión a la que fue recluido por el régimen fascista de Mussolini. Según Milei, “Gramsci señalaba que para implantar el socialismo era necesario introducirlo desde la educación, la cultura y los medios de comunicación”, y que Lali de alguna manera es parte de ello.
Una peculiar y en extremo superficial y simplificada “lectura” de Gramsci que, por cierto, no es nueva ni de original factura del presidente. No solo porque fue un recurso al que apelaron algunos de los más conspicuos responsables del terrorismo de estado para denunciar la supuesta “infiltración” marxista durante el gobierno de Alfonsín, sino también porque anima diversas teorías conspirativas sobre la expansión del “marxismo cultural” que han venido construyendo los ideólogos intelectuales de las nuevas derechas.
Un “marxismo cultural” que, por cierto, constituye una categoría tan amplia y difusa que permite incluir todo aquello que plantea alguna crítica o resistencia a las ideas que se propugnan. Y, en tanto cualquier mínima intervención del Estado es socialismo, un Rodríguez Larreta o -más recientemente- López Murphy pueden absurdamente quedar del lado de los enemigos de “izquierda”.
Resulta difícil, como en casi toda teoría conspirativa, no ver ciertos rasgos tan delirantes como peligrosos. En primer lugar, porque implicaría que Milei está convencido de que el socialismo (tanto en su variante marxista como socialdemócrata) ha logrado construir y consolidar en Argentina -y en Occidente en general- una hegemonía cultural. En segundo lugar, porque, siguiendo este absurdo razonamiento, los artistas -pero también el feminismo, el colectivo LGBT, el ecologismo, entre otros- son para el presidente una suerte de máscara tras la cual se esconde un gigantesco dispositivo cultural que conspira contra su programa libertario.
Por último, porque todo ello justifica la “batalla cultural” que el propio Milei ha invocado en repetidas oportunidades, para desarmar esta hegemonía del “marxismo cultural” que se erige como una nueva estrategia de socialista para la toma del poder y construir así una contrahegemonía de derecha. Y, si a eso le sumamos los condimentos mesiánicos de la narrativa libertaria, esa batalla cultural que enfrenta a “los argentinos de bien” contra este “marxismo cultural” que defiende el pernicioso colectivismo de la “casta”, se convierte en una verdadera “guerra santa”, una cruzada en la que el proyecto contrahegemónico tiene de su lado los estandartes de las “fuerzas del cielo”.
Fuente: https://www.lapoliticaonline.com

