Esclavas sexuales en los campos de concentración nazis: así era “El barracón de las mujeres”, uno de los prostíbulos del Tercer Reich

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“El barracón de las mujeres” repone la historia de las españolas obligadas a prostituirse en los campos de concentración alemanes.

La Segunda Guerra Mundial es uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad. Y, aunque mucho se ha escrito sobre las atrocidades del nazismo, todavía siguen apareciendo historias olvidadas de aquella época siniestra que sirven para ampliar el ejercicio de la memoria, duro pero necesario.

La que cuenta la escritora e historiadora española Fermina Cañaveras en su nuevo libro, El barracón de las mujeres, es una de esas historias que se perdieron con el transcurso de las décadas, sobre las mujeres españolas que, tras la Guerra Civil en su país, fueron tomadas como prisioneras y trasladadas a un campo de concentración nazi, donde fueron obligadas a prostituirse.

“Yo, Isadora Ramírez García, que perdí mi nombre cuando abandoné España junto a mi madre, Carmen, y a mi tía Teresa en 1939 en busca de mi hermano Ignacio, voy a contarte mi historia, María. Para que sepas quién soy y quién era tu abuela, y todo aquello que reunió a nuestras familias durante la Guerra Civil para separarlas después”, escribe Cañaveras, que repone la voz de su abuela.

Y agrega: “Sabrás de sus pérdidas, que fueron las mías, del dolor inhumano y las lágrimas constantes… Y lo que pasó cuando nuestros destinos se separaron y yo me convertí en una de las prostitutas del campo de concentración de Ravensbrück, un lugar lleno de puentes y palomas blancas, cuyas plumas se ensuciaron de sangre y semen por dos razones: la simple y llana supervivencia y la lucha incesante, con armas escasas, contra el fascismo”.

En esta novela histórica, editada por Espasa, Cañaveras parte de una cruda historia familiar para ampliar un oscuro capítulo del siglo XX. El barracón de las mujeres hace foco en Ravensbrück, el “campo de concentración infame que atentó contra la vida de miles de mujeres”, y a pesar de ser un texto difícil y duro de leer, nunca pierde la esperanza, esa que “cantó de nuevo por la libertad, las mujeres, los oprimidos y la revolución”.

Así empieza “El barracón de las mujeres”

Madrid de 2008

El maldito teléfono no dejaba de sonar, el despertador de la mesilla marcaba las 6.30 de la mañana de un domingo que para mí aún no había comenzado, solo llevaba una hora intentando descansar de lo acontecido. Carla y yo habíamos discutido. De un tiempo a esta parte era lo único que hacíamos. Estaba cansada de que me reprochase absolutamente todo. Sus sermones siempre comenzaban con mi dependencia de la bebida y terminaba machacándome con el trabajo.

Carla me quería, de eso no tenía dudas. Quien no se quería a sí misma era yo, y desde hacía un año, había decidido maltratarme con el alcohol porque nadie daba un duro por mis trabajos de investigación en el periódico, mi jefe estaba siempre recriminándome que había perdido el olfato, ese que le cautivó cuando me contrató recién salida de la Facultad de Historia.

No era periodista, pero pronto conseguí convertirme en una gran comunicadora; me gustaba encontrar historias olvidadas, sobre todo de mujeres represaliadas a lo largo de la última mitad del siglo XX, y eso a mis lectores les encantaba, y yo conseguía cautivarlos con lo que siempre ha sido mi pasión.

Desde niña escuchaba a mi abuela, militante del Partido Comunista de España y una gran defensora de las libertades de las mujeres, contar multitud de vivencias que había hecho mías y compartido con el gran público. Era una manera de hacerle mi pequeño homenaje. Pero la María inquieta y con ganas de hacer justicia desapareció cuando empecé a consolarme en la barra de cualquier bar, tomándome unas cuantas copas a mi salud, cada noche brindando por mi declive personal. Sí, había perdido el olfato, el deseo y el afán de seguir contando, y eso se notaba a la hora de escribir. Sabía que en cualquier momento aparecería la gran historia, esa que aún estaba por contar; mientras tanto había decidido esperarla a golpe de chupito.

Inmersa en mis pensamientos, intentaba conciliar el sueño, pero un zumbido en la cabeza no me dejaba dormir. La persona que llamaba no paraba de insistir, seguro que era Carla. No tenía ni fuerzas, los últimos restos de alcohol que quedaban en mí comenzaban a desintegrarse para dar paso a la resaca; una resaca dura, densa, de las que solo consigues deshacerte desayunando una copita de brandi. Cerré los ojos, puse la almohada sobre mi cabeza y decidí olvidarme de todo.

Mi retiro duró unos segundos: el teléfono sonó de nuevo.

En “El barracón de las mujeres”, Cañaveras hace foco en Ravensbrück, el “campo de concentración infame que atentó contra la vida de miles de mujeres”.

—¡Joder, joder!, no te voy a responder, sabes que estoy borracha —balbuceé mientras le hacía una peineta al móvil. Podía ver, a lo lejos, al lado de la pata del armario, que se iluminaba la pantalla.

Al cabo de diez minutos, la tecnología consiguió ganar la batalla. Después de tres intentos, logré levantarme de la cama, aunque tan solo pude mantenerme en pie un instante. La borrachera era más grave de lo que imaginaba. Me arrastré hasta la luz, cada vez más cegadora, y conseguí llegar a mi objetivo… justo cuando dejaron de insistir. Y allí, tirada en el suelo, entre ropa, libros y zapatos, decidí ver qué persona quería joderme lo que quedaba del fin de semana. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi que Carla no era quien llamaba. Era mi madre.

Mi lamentable estado impidió que me diera cuenta de que algo sucedía: tenía quince llamadas perdidas y otros tantos mensajes de ella. Un escalofrío me invadió, no sabía si devolver la llamada o esperar a que regresara la María que mi madre conocía, su hija buena, y no la que estaba muerta de miedo en la habitación. Me arme de valor, rescaté la poca dignidad que conservaba, recogí mis pedazos del suelo, me senté en la cama, pegue un sorbito de agua del vaso que había sobre la mesita de noche para aclararme un poco la voz—los borrachos sabemos de la importancia del agua en nuestro viaje hacia la realidad—, y me dispuse a llamar a mi madre. Marqué su número y esperé.

—Mamá, ¿qué te ocurre? Estaba durmiendo. —Conseguí decir toda la frase sin tartamudear.

—Por si te interesa, tu abuela ha muerto. Si estás en condiciones, deberías pasarte por el tanatorio, a ella le habría gustado que estuvieras hasta el final —dijo mi madre con un tono seco y cortante.

Al escuchar la palabra «muerte», el móvil se deslizó entre mis dedos y cayó al suelo. Podía escuchar a mi madre a lo lejos, y allí, en aquella habitación oscura, inundada por un fuerte olor a sudor y whisky, fui consciente de lo que acababa de perder. La muerte había venido a visitarnos y había decidido llevarse a mi abuela. Me sentía basura, no estaba a la altura de las circunstancias: una de las mujeres más importantes de mi vida acababa de desvanecerse para siempre. La muerte es así de traicionera, siempre llega cuando menos la esperas.

Me recompuse como pude, fui dando tubos hasta el baño y, después de tres intentos debido a que las lágrimas no dejaban de brotar de mis inflamados ojos enrojecidos, conseguí meterme en la ducha. La fatiga y la debilidad eran viejas conocidas, al igual que la excesiva sequedad de boca, los dolores musculares y el de cabeza. El agua helada consiguió amortiguar el golpe. Bajo el intenso y desgarrador frío que sentía todo mi ser grité; grité por mi abuela y por no haber estado con ella en sus últimos momentos.

Fuente: https://www.infobae.com/tag/policiales