A media luz (primera parte)

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Eran como las tres de la mañana. No podía dormir. Tocaron la puerta. Debajo se veía un sobre ahuesado como un papiro. ¿Quién será? Una duda atravesó mi mente. Sentí de nuevo el puñal atravesándome de prisa como una cabra montesa herida por un cazador furtivo.

Eran como las tres de la mañana. No podía dormir. Tocaron la puerta. Debajo se veía un sobre ahuesado como un papiro. ¿Quién será? Una duda atravesó mi mente. Sentí de nuevo el puñal atravesándome de prisa como una cabra montesa herida por un cazador furtivo.

Si el Tolino hubiera estado, quizás, esto no habría pasado. Tomé el sobre con la actitud escéptica de un filósofo marchito. Me fui a dormir, dejé el sobre en la mesita de luz. Mi sueño fue como un desmayo.

Una herida aparecía a un costado de mis costillas y fue entonces que me desplome. Una luz de brillantina cubrió mis parparos. Pensé que era un sueño. Al día siguiente retome mis actividades cotidianas, la vorágine, el torbellino y el trabajo alterado del D.F. Otra vez en el laberinto de los días, cercado por las multitudes, allí mismo, cerca de la Glorieta de los Insurgentes. Como toda ciudad cosmopolita, Bs. As., Tokyo, bellezas urbanas, selvas y madreselvas.

Al regresar por la noche. Jamás regrese. Me fui, despacio, pero me fui. La curiosidad me llevó cautivo, nunca debí tomar ese sendero. En fin, atravesé el umbral del silencio. Solo sentí algo extraño. Vi la carta. Seguía en la mesita, flemática y solitaria, con la tristeza de un tango. Recordé que la curiosidad mato al gato. Así que inmediatamente renuncie a la idea de abrirla. A veces, es mejor no saber la verdad. Pero el veneno de la curiosidad impacto mi mente mágica.

Abrí la carta: una invitación. Te espero en tal lugar. Firma: alguien des‑ conocido, pero conocido a la vez. No quise ir, pero fui. Llegué a la calle citada, comencé a re‑ correrla. Pero luego de la incertidumbre, me di cuenta que continuaba tras las murallas del cementerio. Inmóvil pensé que al otro lado posiblemente continúe la calle, pensé para mis adentros. Dicen que… los gritos de la noche aturden. Los perros en La Esperanza no paran de ladrar.

Llegué a la casa, no quise tocar la puerta. Pensé en Ulises y Penélope. Toque la puerta como Odiseo. Lo hubiera reconocido. Me abrió la puerta una dama con un aire a Madam Patute. Me dijo: “la señorita, lo está esperando”, en ese momento

Fuente: https://www.eltribuno.com/salta/seccion/policiales