Mahatma Gandhi hacia 1925 decía: “Si hay un idiota en el poder, es porque quienes lo eligieron están bien representados”. Se adelantó en el tiempo. Es tanta la riqueza de sus palabras, que en el ánimo atrevido de sintetizar podemos asegurar que quién crece en dignidad, crece en valores. Sobre todo reconocer quién es, y hacia donde apunta su camino, asegurando el verdadero sentido de la vida.
Es bueno aclarar que nacemos con una dignidad heredada; “hechos a imagen y semejanza del Creador”. Pero existe otra “dignidad” que nace y crece cuando reconocemos nuestro valor como persona humana sujeta a derechos y obligaciones. Autoestima mediante, y trabajo en la construcción de esa persona. Allí volvemos sobre la educación como fuente que alimenta. Quizá la primera encuentre todo el fundamento en el respeto que nos debemos, (de rodillas solo frente a Dios). Sin olvidar prolongar sus gestos a nuestros semejantes. El respeto a la vida, a la familia y a la propiedad privada, al trabajo y capacitación. Vivienda digna y libre albedrío.
Sobre la vida y la dignidad, existen muchos argumentos, como aquel mensaje del Santo Padre en el año 1999. Juan Pablo II en la Celebración del Día del Niño por Nacer en nuestro país, otorgado mediante decreto 1406/98 el 25 de marzo de 1999, envía un mensaje a los congregados en Buenos Aires en el Teatro Coliseo, conjuntamente con representantes de todas las religiones donde manifiesta “la necesidad de desarrollar una cultura que asegure la promoción de la dignidad humana en todas las situaciones”.
Buen punto de partida para hacer consciente nuestra dignidad, que jamás, bajo ningún aspecto puede ser mancillada, y mucho menos usada y canjeada por políticas inescrupulosas.
Como vemos, la historia muestra sus ricos antecedentes sobre el particular, sin embargo, aún hay males que obstinados persisten. Estamos a tiempo de recuperar su valor tristemente negociado por una miserable bolsa de alimentos.
íTerminemos con la vergonzosa mendicidad!
Quien entiende la importancia de la dignidad como factor de crecimiento, ya dio un paso importante en su desarrollo psicosocioespiritual. Su origen le obliga a tratarse y darse el lugar que le corresponde por derecho natural y acumulación de méritos a lo largo de su existencia; siempre y cuando el mismo se respete.
Nadie está exento de su magnanimidad, pero convengamos que hay una cuota de corresponsabilidad en la construcción y goce de su condición. Quién bien se trata, mayor y mejor imagen muestra a la sociedad que lo mira e indefectiblemente lo analiza. Todos, absolutamente todos los ciudadanos del mundo, más allá de su condición social, religiosa, cultural, racial, o de sexo, tienen el derecho de ser privilegiados en la mayor extensión del concepto que encierra. Sobre esa base caminaremos la vida, seguros de quienes somos, la trascendencia de la presencia, mirada, voz, voto y respeto a los demás, son evidencias que nacen de una meditada y sana determinación. En la natural condición humana de la dignidad, se proyecta todo un abanico de buenas posibilidades a las que con frecuencia el hombre renuncia e inexplicablemente destruye. Pero, siempre está la posibilidad de restaurar su trayectoria, voluntad mediante. Y es sobre ello donde se edifica su calidad, e incluso la salud integral de toda persona. “La vida nos enseña a aprovechar el tiempo. Y el tiempo nos enseña a valorar la vida”.
Definitivamente, como las casas se construyen con ladrillos, la vida se construye con valores irreemplazables como el amor y la dignidad.

