A pesar de las expectativas de generalizadas, Nicolás Maduro logró comenzar un tercer período de Gobierno, sin mandato, porque las elecciones de julio representaron para él una gran derrota. No es el presidente elegido por los venezolanos, sino por una cúpula de poder sobre los que se apoya, y carece de legitimidad, y porque ya su segunda gestión la logró violando la Constitución y cooptando a la Justicia.
Es un gobernante de facto
Como tal, califica de conspirador y terrorista a quien intente oponérsele, y ha logrado que el presidente electo Edmundo González Urrutia no pueda ingresar a territorio venezolano, aunque la líder que unificó a la oposición en Vente Venezuela, lo desafía desde las calles movilizando a sus compatriotas a despecho de que los “grupos de tareas”, militares y para militares armados hasta los dientes intenten desalentarlos, cuando solo ponen en evidencia la ilegitimidad de Maduro.
Es la más pura tradición de las dictaduras. Fidel Castro ya le había recomendado a Hugo Chávez mantener siempre el control de las Fuerzas Armadas, porque esa es la única forma en que un dictador puede eternizarse.
Hoy, Maduro depende como nunca del poder militar, aunque cuenta también con los recursos provenientes de la economía ilegal: contrabando, trata de personas, narcotráfico y ex guerrilleros a los que ha cedido control en amplios territorios.
La historia latinoamericana muestra multitud de casos de dictaduras encabezadas por militares o por civiles militarizados. El mismo Maduro suele mostrarse en uniforme de combate (que alterna con pintorescas vestimentas caribeñas), y emulando el tono de Hugo Chávez, practica una retórica repetitiva, justificando los secuestros extorsivos que realiza el gobierno -tal el caso del gendarme argentino Nahuel Gallo- invocando supuestos complots internacionales y denunciando atentados que nunca ocurrieron.
Por donde se lo mire, Venezuela se encuentra en una encrucijada que no se resolvería, ni siquiera, si Maduro transfiriera el mando a González Urrutia. Es la trampa que tendió la demagogia estatista en gran parte de Latinoamérica. La dilapidación de recursos, el discurso anticapitalista y la extorsión tributaria dejaron sociedades empobrecidas, resentidas y descreídas de la democracia.
Y, sobre todo, fracturadas
En la Atenas donde nació la democracia, Sócrates y Platón enfrentaban con racionalidad filosófica el escepticismo y las falacias de los sofistas. En La República, Platón advierte que solo un sabio puede gobernar, y recomendaba que jamás lo hicieran los comerciantes o economistas.
Con el paso de los siglos, la cultura democrática fue avanzando para que la prudencia política del rey o el presidente fuera delimitada por la Ley, los parlamentos y los jueces. En nuestro continente, a la era de las dictaduras militares la sucedió una democracia en la que ni la sabiduría ni la economía lograron pleno equilibrio. Ahora, tampoco.
Lo que ocurre en Venezuela marca el fin de una época en el continente. El populismo termina siempre de la misma manera.
Maduro oscila entre seguir los pasos de la dictadura de Ortega o recrear un nuevo sistema de poder, basado en el empoderamiento de los municipios en relación directa con el líder. Y para consolidar su permanencia, reformar de nuevo la constitución para consagrar la subordinación total de jueces y legisladores al líder y crear las condiciones de que se establezca un régimen de partido único
¿Podrá lograrlo? ¿Podrá sostenerse a pesar del repudio y los exilios masivos, a pesar de la presión externa? El recurso petrolero y las reservas minerales pueden facilitar ese status quo. Está por verse cuánto durará la firmeza opositora de Vente Venezuela.
Todas las dictaduras, finalmente, caen. Habrá que ver cuándo y cómo. Y qué la sucederá en Venezuela. Y también, como recompondrá esa nación el tejido social aniquilado.

