Periodista de raza que mostró las contradicciones progresistas

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La muerte de Jorge Lanata, prematura, por cierto, no sorprendió a nadie. El creador de Página 12, y figura central de la radio y la televisión, en los últimos cuarenta años fue disruptivo tanto en su vida profesional como en el cuidado de su salud.

La muerte de Jorge Lanata, prematura, por cierto, no sorprendió a nadie. El creador de Página 12, y figura central de la radio y la televisión, en los últimos cuarenta años fue disruptivo tanto en su vida profesional como en el cuidado de su salud.

Lanata fue un periodista precoz, autodidacta e intuitivo, que encarnó, promediando los ’80, el cambio cultural que producía el fin de la dictadura de Videla, Massera y Galtieri. Era un clima de época que se extendía por América latina y que también llegaba desde la España posfranquista.

Seguía también las huellas que había dejado la revista Humor, una pieza de periodismo político, con fuerte impronta cultural y un uso magistral del humor y la ironía. Periodismo sin protocolo y sin excesos. O el icónico diario Opinión, que brindó años de información analítica, sin ironías ni humor, pero con fina pluma literaria e histórica, aunque declinó en los meses que precedieron al golpe del ’76. La ironía es un arte sutil, capaz de llamar la atención mostrando el nudo de un tema combinando la gráfica con las palabras, y una alta dosis de sentido común. Un título de alto impacto despierta interés, pero solo es periodístico si refleja el contenido de lo que anuncia, sin ideologismo ni demagogia. Así, con absoluta seriedad y sin ironía alguna fueron las coberturas su Página 12 en episodios trágicos, como las sublevaciones carapintadas, el ataque de una guerrilla nostálgica contra el cuartel de La Tablada, o los atentados antisemitas de los ’90.

El anuncio del indulto a las cúpulas militares y a los jefes guerrilleros condenados fue una tapa en negro. Jorge Lanata supo formar equipos de investigación periodística sumamente críticos hacia los hechos de corrupción que salieron a la luz en la presidencia de Carlos Menem y, con la misma vara midieron lo que ocurría a lo largo de la era K.

Lanata puso al desnudo la fragilidad ideológica de figuras autopercibidas progresistas, tanto militantes bolivarianos, feligreses de la cultura de la cancelación o simplemente, socialistas huérfanos de expresión política propia que se subieron al tren del kirchnerismo. Las investigaciones de sus equipos indagaron con la misma lupa al menemismo que al kirchnerismo. Sin embargo, muchos personajes del arte dramático, de la farándula, o académicos encandilados con el cristinismo lo descalificaron como un “vocero de la derecha”, simplemente, porque él nunca cambió su perspectiva acerca del periodismo como instrumento de comunicación, información, análisis y opinión.

En lo que va del siglo XXI, las miradas del antiguo fascismo y de una izquierda anacrónica y nostálgica comienzan el coincidir en una perspectiva que tiende a sacralizar al líder, resucitar el autoritarismo y justificar cualquier dislate en nombre de utopías absurdas. Así, poco a poco, se diluye la autenticidad del axioma “democracia o dictadura”. A la democracia la va destruyendo un enemigo que ataca por dos flancos y que se esmera en invalidar a la Justicia, al Congreso y al periodismo crítico.

Por eso Jorge Lanata, como muchos otros colegas, sufrieron ataques verbales y simbólicos, algunos de muy baja jerarquía moral; incluso, se han inventado causas penales (por ejemplo, contra Daniel Santoro) que, lógicamente no prosperaron. No prosperaron en la Argentina, pero llegan a su extrema violencia en las dictaduras de Nicaragua, Venezuela y Cuba, bajo el fuego del crimen organizado en todo América latina y de regímenes despóticos como el del Irán de los ayatollah y la Rusia de Vladimir Putín.

No es menor la descomposición del pretendido progresismo. La idealización de pretéritas insurrecciones armadas, el reduccionismo de atribuir todos los males al neoliberalismo o al imperialismo no solo afectan a los medios de comunicación, sino a legítimo propósito de la búsqueda de la verdad.

Lanata, con su militancia a favor del hábito de fumar, su vocabulario arrabalero y desagradable (ahora generalizado), con su vestimenta extravagante y su sistemático descuido de la salud, fue políticamente incorrecto y, sin duda, nunca aspiró a proponerse como modelo.

Y cometió errores, no demasiado catastróficos. Pero tenía virtudes periodísticas notables: una visión de actualidad y la claridad para distinguir lo importante de lo accesorio. En cualquiera de los medios en los que actuó, eliminó la solemnidad de las formas, pero fue fiel a la noticia por sobre las debilidades ideológicas.

Hoy, la profesión enfrenta el desafío de las redes sociales, que pueden llegar a ser instrumentos de comunicación e información, pero también ofrecen un terreno fecundo para convertir una noticia en el juego del “teléfono roto”.

Ayer murió un periodista notable, pero el periodismo profesional siempre va a existir, porque es imprescindible para la cultura humana. La ilusión de eliminarlo solo será posible si es que la civilización, realmente, tendiera a sumergirse en la tiniebla.

Fuente: https://www.eltribuno.com/salta/seccion/policiales