Es la primera mujer en liderar la Coordinación de la Investigación Científica de la UNAM. Soledad Funes, bioquímica y exdirectora del Instituto de Fisiología Celular, se ha destacado por su trabajo en investigación básica y su compromiso con la formación de nuevos científicos. Desde su rol actual, tiene la tarea de fortalecer los recursos para la investigación, promover la vinculación académica y facilitar la transferencia de tecnología.
En esta entrevista con Ticmas, Funes habla sobre el papel de la investigación en el desarrollo del país, la importancia de la docencia en despertar vocaciones científicas, y el potencial de las nuevas tecnologías para transformar la enseñanza.
La conversación forma parte de una serie de entrevistas a referentes de la educación, en el marco del Seminario de Innovación Educativa de Ticmas, que tendrá lugar el próximo 12 de noviembre.
—¿Qué percepción tiene la sociedad mexicana sobre el desarrollo científico?
—Yo creo que se siente muy alejada de la investigación científica y uno de los grandes retos que ha tenido la comunidad científica desde hace ya varios años y, que ha sido fomentada desde diversas iniciativas, tanto a nivel universitario como federal, es que los científicos nos involucremos mucho más en actividades de divulgación y comunicación pública de la ciencia, para que la gente reconozca la importancia de la investigación científica para el desarrollo de un país.
—Imagino que es un desafío más complejo porque el conocimiento de las ciencias es muy específico: ¿cómo se hace para transmitirlo?
—Yo creo que depende mucho del área en la que uno se desarrolle o desenvuelva. Con frecuencia la gente quiere ver resultados inmediatos: ¿cómo el trabajo de ese científico, astrónomo, biólogo, químico va a influir, va a mejorar mi vida? Ese es el gran reto. Yo trabajo con levaduras de cerveza y con procesos muy básicos de biología celular y es difícil convencer a la gente de su importancia. A menudo, entonces, caemos en decir que va a incidir en el futuro de la producción de medicinas, en entender cómo funciona el envejecimiento. Pero es algo muy lejano, ¿no? Entonces, parte del reto es hacer consciente a la gente de que la investigación básica es importante porque, a pesar de no tener un efecto inmediato, uno nunca sabe lo que va a pasar en diez, veinte, treinta años. Un ejemplo que todos tenemos muy fresco fueron las vacunas contra el COVID-19. Aparentemente se desarrollaron muy rápido, pero porque tenían una plataforma tecnológica en el desarrollo de vacunas que permitió que pudieran ser generadas con esa velocidad. Sin ese trabajo hubiera sido imposible.
Hay herramientas padrísimas que pueden ayudar muchísimo en la docencia y a las que les tenemos mucho miedo. A lo mejor desde la universidad podríamos hacer un esfuerzo para tratar de repensar la educación y la docencia
—Un caso particular se da en la elección de las carreras de estudios. Generalmente las carreras científicas imponen una barrera a los estudiantes. ¿Cómo se acompaña a ese chico que quiere Química, por ejemplo, pero no se anima?
—Yo creo que para las y los estudiantes los profesores son fundamentales. Uno decide qué va a estudiar por el profesor que le tocó en el camino. Yo tuve un maestro genial de Geografía y durante muchos años pensé que iba a estudiar Geografía. Hasta que, de pronto, me encontré con una maestra de Biología y dije: “No, yo lo que quiero hacer es Biología”. El profesorado incide en las decisiones de una persona. O el contexto particular en el que estén las experiencias de vida, los problemas sociales que existan en ese momento. Pero sí no es un área fácil. Si te enseñan Química tratando de aprenderte todas las fórmulas, las estructuras moleculares, pues va a ser una experiencia muy árida y difícilmente vas a querer tratar de seguir por ese camino.
—En secundaria y preparatoria muchas veces se aborda la Química a nivel teórico. ¿Se puede trabajar experimentalmente?
—Ahora, en la UNAM, se está desarrollando un programa de realidad virtual: te pones los lentes, aparecen moléculas y te pones a jugar con ellas, las acercas, las alejas, ves qué pasa. eso a lo mejor puede facilitar las cosas. Pero hay muchos experimentos sencillos que pueden hacerse en un laboratorio de escuela básica. El punto es encontrar esos protocolos. Recuerdo uno, en primero de secundaria. Yo tenía 11 años y una de las primeras prácticas de física tenía que ver con presión atmosférica: ponías a calentar una lata con un poquito de agua, luego la tapabas y, cuando se enfriaba, la lata se colapsa. Es un experimento muy sencillo, sin peligros para los estudiantes, y es muy claro y muy visual. Y la reflexión que desencadenas con una cosa tan simple es lo importante. Yo creo que el conocimiento científico se ha dejado mucho de lado porque parece muy árido. “Si no vas a estudiar Biología, ¿para qué te aprendes el ciclo de Krebs?” Son cosas muy abstractas que difícilmente tienen un vínculo con el estudiante, pero el reto del profesorado es tratar de hacer que tenga un atractivo para las nuevas generaciones. Ahí la universidad también tiene un reto muy importante en reinventar la forma en la que estamos haciendo docencia.
—¿Qué debería hacer?
—Acercarnos más a los estudiantes de bachillerato y fomentar que se acerquen a la investigación científica que se hace en los laboratorios. Eso, yo creo, no solo incide en la formación de vocaciones, si no también en el pensamiento científico. La forma de abordar un problema científico puede tener un efecto muy claro en la formación del estudiantado, independientemente de a qué se vaya a dedicar.
—¿Cómo impactó en la forma de enseñar las ciencias la reforma educativa de la Nueva Escuela Mexicana, que implicó varios cambios?
—La actualización o lo que comúnmente se conoce como actualización docente, implica incorporar el conocimiento que se ha ido generando a lo largo de los años en el perfil de un docente y en los planes de estudios. Pero, también, implementar nuevas tecnologías. Por ejemplo, lo que hablábamos de la realidad virtual y las plataformas. Hay muchos retos —como la inteligencia artificial— que no estaban cuando yo estudié, más allá de la actualización de los contenidos como tales, que es algo que, por supuesto, tenemos que hacer. Pero pensar que es solo eso sería una versión reduccionista de lo que tenemos que hacer. Hay herramientas padrísimas que pueden ayudar muchísimo en la docencia y a las que les tenemos mucho miedo. A lo mejor, desde la universidad podríamos hacer un esfuerzo para repensar lo que significa la educación y la docencia. Ya pasaron los años en los que el docente llegaba al pizarrón y empezaba a dibujar formulitas o ciclos biológicos.
Se hace mucha ciencia de vanguardia, pero hay que encontrar el nicho adecuado
—¿Se puede hacer ciencia de vanguardia en América Latina respecto de Europa y Estados Unidos?
—Yo estoy convencida de que sí se hace mucha ciencia de vanguardia; lo que hay que hacer es encontrar el nicho adecuado. Sin duda, no podemos competir ni con los recursos ni con la infraestructura de Estados Unidos y Europa, pero tenemos otras capacidades para explotar. Por ejemplo, en esos países se han enfocado mucho en las enfermedades de su contexto, pero de pronto se han olvidado de todo lo que impacta el resto del mundo y que, tarde o temprano, impacta sobre esas sociedades. Está siendo fundamental retomar lo que ahora se llama el Sur Global como parte de la muestra de los estudios. Nosotros llevamos años investigando este tipo de poblaciones, las variantes genéticas, el tipo de alimentación. En ese sentido, algo que, de alguna manera tenemos que hacer, es colaborar con esos países.
—¿Con los del Sur Global?
—Por un lado, podemos colaborar en Latinoamérica y yo creo que ese tipo de colaboraciones debería ser más fuerte. Pero también con Estados Unidos y Europa porque finalmente el conocimiento es conocimiento universal y mientras más personas intercambiemos ideas y puntos de vista, más se va a enriquecer el conocimiento que generemos. Hay muchos ejemplos muy exitosos de grandes colaboraciones internacionales. Por ejemplo, los que tienen que ver con astronomía. El cielo se ve de distinta manera dependiendo del punto sobre la Tierra en el que estés y solo a través de grandes colaboraciones se pueden entender los fenómenos más globales. Por supuesto, México no tiene el dinero para construir un telescopio gigantesco pero sí puede hacer una colaboración con Estados Unidos y Europa para poner recursos y tratar de hacer una cosa más global.
—¿Cómo es la política de la universidad en cuanto a los desarrollos científicos? ¿Firman patentes, buscan la transferencia a empresas?
—Depende mucho del área, pero definitivamente es algo que la universidad desde hace algunos años ha empezado a impulsar: que el conocimiento que se genera en la universidad no se quede en el conocimiento, sino que tenga aplicaciones directas. Una transferencia de tecnología directa puede ser a través de la generación de patentes, a través de convenios directos con empresas de transferencia de tecnología. Hay diversos esquemas en los que esto se puede establecer, firmar, convenir. Pero es algo muy importante que la Universidad haya empezado a desarrollar que el conocimiento que desarrollamos no se quede en los laboratorios, sino que se transmita hacia la sociedad.
—¿Tiene algún ejemplo?
—Un problema muy grave a nivel mundial es la sobreexplotación y degradación de los suelos. ¿Cómo remediarlo? La solución puede venir de la Academia, pero no puede quedarse solamente en que la Academia diga. Necesitamos colaborar con las comunidades mismas —por ejemplo, los agricultores—, que son quienes realmente lidian con los suelos, con instancias gubernamentales, con organismos internacionales. A través de esa conjunción se pueden generar soluciones muy prácticas y concretas que impacten en la resolución.
—Tomando los dos extremos del modelo, por un lado está la universidad que genera conocimiento para la Academia (que sería el caso de la Universidad de Buenos Aires) y, por el otro, la que busca generar conocimientos que puedan aplicarse en empresas (que sería el caso del Tec). ¿En dónde se ubica el desarrollo científico de la UNAM?
—Tradicionalmente es mucho más parecido a la UBA que al Tec, pero, otra vez, depende de las áreas. El Instituto de Ingeniería tiene una larguísima trayectoria de colaboración con el Gobierno para atender problemas de agua, construcciones o ingeniería civil. Es un ejemplo particular, ¿no? Al resto de la universidad le ha costado mucho más trabajo. Actualmente la UNAM tiene una Coordinación de Vinculación y Transferencia Tecnológica, que justamente trata de fomentar que, si hay un conocimiento que puede ser transferido, el académico o la académica en cuestión, pueda ir con ellos y encontrar el camino. Creo que para alguien que ha sido formado exclusivamente en la Academia es un paso cuántico gigante. Pero, si el camino está muy claro, se puede tratar de incidir. Claramente estamos muy lejos del Tec: ellos tienen oficinas muy especializadas con muchísima experiencia. Pero ahí estamos caminando.
—Empezamos la entrevista hablando sobre la percepción que la sociedad tenía sobre las ciencias. ¿Cómo es la percepción de la política? ¿Cómo espera que tome la enseñanza y el desarrollo de las ciencias el nuevo gobierno?
—Tener en la presidencia a una persona con una trayectoria científica es, sin duda, un cambio. En el inicio de esta nueva administración hay muchas señales de que la universidad y el gobierno pueden trabajar juntos. Cada uno desde su trinchera, porque eso es lo que nos corresponde, pero una colaboración activa y una comunicación intensa entre estos dos sectores va a incidir en el desarrollo del país. Desde la universidad está, por supuesto, la parte de la educación, que sigue siendo uno de los elementos más importantes para la movilidad social. En este sentido, la Universidad Nacional juega un papel fundamental dentro de la sociedad mexicana. Hay muchísimos estudiantes que son la primera generación de su familia que asiste a la universidad y eso tiene un valor muy importante. Eso hay que reconocérselo a la UNAM.
Fuente: https://www.infobae.com/america/

