A poco más de un año de la realización de las primarias (el 13 de agosto de 2023), podemos hacer una trazabilidad de acuerdos, protoacuerdos y traiciones que demuestran, a la postre, la razón de la decadencia de la cultura política del país: la gelatinosidad de las conductas y el relativismo moral (todo es posible si es conveniente).
Así, mientras se llegaba al final de la presidencia lastimosa de Alberto Fernández, yéndose como quien se desangra, se disputaban la candidatura presidencial personajes que entrecruzaron sus intereses tantas veces como los abortaron, a su debido momento.
De esas primarias saldrían formalmente las candidaturas de Sergio Massa (vencedor lógico en la contienda con Juan Grabois), Patricia Bullrich (sobre Horacio Rodríguez Larreta) y Javier Milei (sobre sí mismo). Y lógicamente otras que superaron el piso porcentual requerido (que no fue el caso de Guillermo Moreno, tan mediático hoy día).
Así como el dedo imperial de Cristina Fernández impuso en 2015 a Alberto, sin más explicación que las no dadas en un tuit -pero supongamos en que era razonable la tesis de que “con Cristina sola no se puede”-, en 2023 hubo un festival de gags tipo Polichinela en las tiendas del peronismo. Así, coqueteaba con una precandidatura Wado de Pedro, el aún ministro del Interior, mientras Alberto le garantizaba a Daniel Scioli que tal postulación era para él. Prestidigitador consumado, Sergio Massa terminó quedándose con el “maillot jaune” del equipo peronista. Experto en pedalear, se sumó al pelotón, finalmente, Grabois.
En el velódromo cambiemita, competían con fiereza Bullrich y Larreta. La primera, auspiciada sin mayor disimulo por Mauricio Macri. Auspicios diversos tenía, por su lado, el lord mayor de la ciudad que alguna vez fue intendencia y desde 1994 respira aires de superioridad desde su lugar de autónoma (la CABA, que no tiene nada que ver con La Cava). Así, los del PRO estaban dados a una fiera disputa intraporteña.
Tanto desde el peronismo como desde el liberalismo llovía lava sobre ese Charles Atlas contemporáneo que terminó siendo Milei. La reencarnación del alfeñique de 44 kilos -popular en las publicidades de los viejos comic de mediados del siglo XX- terminó mostrando sus bíceps en esas primarias y finalmente los engrosó más en los pasos electorales siguientes, la primera vuelta y el ballotage.
Pero he ahí el discreto encanto de las moncloas clandestinas que venían firmándose contemporáneamente. Milei emanaba flamígeras invectivas contra sus rivales de entonces -lo sigue haciendo hoy día, en un proselitismo eterno- pero con el apoyo entre las sombras del massismo y del macrismo. El primer lote político porque consideraba que fortalecer a “Javo” debilitaría a quien fuera el candidato liberal. Y Macri porque pensaba todo en función de que Larreta -ese osado que prescindió de su patrocinio- besara la lona. De allí que Mauricio hiciera bastante para que Pato fuera la candidata, pero con Milei como muletto.
Muchas minimoncloas se fueron labrando y desechando a lo largo de esos meses. Y ese proceso continuó aún con Milei asumido, en diciembre. Macri y Bullrich acordarían apoyar a Milei, en segunda vuelta, en honor al compromiso moral con el antiperonismo: evitar que cualquiera que oliera a peronista -aún Massa- ganara la presidencia. Peronistas de la más variada fauna harían lo propio con Sergio, para que no ganara Milei. Esos acuerdos entre políticos que abrochaban su nariz, al inclinarse a poner un gancho, durarían lo que un lirio.
Muchas minimoncloas se fueron labrando y desechando a lo largo de esos meses. Y ese proceso continuó aún con Milei asumido, en diciembre. Macri y Bullrich acordarían apoyar a Milei, en segunda vuelta, en honor al compromiso moral con el antiperonismo: evitar que cualquiera que oliera a peronista -aún Massa- ganara la presidencia. Peronistas de la más variada fauna harían lo propio con Sergio, para que no ganara Milei
Las cosas se fueron acelerando. Milei, ya vencedor, se olvidó de las bombas setentistas en los jardines de infantes y de los inútiles que manejaron la economía con Macri. Transformó a Bullrich y a Luis Petri -sus adversarios hasta la primera vuelta- en ministros y rehabilitó a profesionales como Luis Caputo y Federico Sturzenegger, a quienes había defenestrado mediáticamente en su momento. Por otra vía, el protocandidato Daniel Scioli olvidó su fe y esperanza en el PJ -de cuyo yacente gobierno había sido embajador en Brasil y fugaz ministro de Desarrollo Productivo- para convertirse en libertario secretario de Turismo.
Repasemos: Scioli volvió a ser secretario de Turismo -como con Carlos Menem- y Bullrich ministra de Seguridad -como con Macri-. De posibles adversarios electorales, terminaron confluyendo en la administración de Milei. Bullrich aprovechó para impedir que Macri se subiera a la barcaza oficialista -rompiendo otra minimoncloa- dejando al ingeniero al garete. Massa andará lamentándose, quizás sí, quizás no, el haber dado tanto alimento a una mascota que terminó escapándose de la casa. Lo conversará con Larreta, con quien estarían reeditando viejas alianzas como cuando pujaban para Palito Ortega.
Alberto terminó diluyéndose en sus meandros, Cristina redujo la dotación de fanáticos que le justifican cualquier cosa, Macri pena -bah, más o menos, porque la FIFA da alegrías- por ver cómo se le desinfla su partido amarillo. Milei prende velas para que gane Donald Trump en noviembre y estrene 2025 con magnanimidad para con la errante nación sudamericana. Ya llegará su declive, bíblica profecía que siempre se cumple en estas pampas.
De esos polvos, estos lodos. Es de suponer que Alberto Fernández, por ejemplo, entenderá perfectamente esta vieja expresión castellana.
Fuente: https://www.lapoliticaonline.com

