Tevez puso sobre la mesa su poderoso nombre, su fama, su prestigio y su incipiente carrera de entrenador. Supo desde el principio en qué clase de batalla se metía. Pero toda su vida, desde su infancia en Fuerte Apache, fue un guerrero. Y en esto empeñó hasta la piel, aunque lo recibieran mirándolo de costado por su prosapia bostera.
Bastante rápidamente alejó al club de todo pensamiento relacionado con el descenso, lo puso a cambiar la cabeza, a reinyectar grandeza de objetivos aunque estuviera claro que en este plantel no están Pastoriza, Bochini, Santoro…
En el camino habló con dureza y no tuvo miedo de enfrentar a lo peor de la AFA. A cierto deterioro que percibía en la falta de respuestas de sus referentes, se sumó lo que tal vez más le haya atacado las defensas: en su entorno lo perciben como “fuego amigo”. En la dirigencia tenía la banca de Néstor Grindetti y Cristian Ritondo, con ellos podía seguir.
Acaso dudaba si por debajo de ellos dos no había ninguna convicción, y empezaba a sufrir que el entusiasmo del principio y el conmovedor acompañamiento del hincha empezaban a mutar en impaciencia e intolerancia con el equipo y cada vez más insultos, incluso para él.
Le pasa esto en un marco en el que pensaba un futuro plantel con tres o cuatro pesados, y los únicos “refuerzos” que llegan cada semana son más embargos e inhibiciones.
Para Independiente, Tevez fue una oportunidad perdida. Y en medio de la tempestad, tiene que encontrar a otro que se anime a tomar el timón, y tenga con qué.
Sentándose a poner la cara junto a Grindetti, cuando enfrentó a la AFA (Foto Luciano Thieberger).
Tevez en el partido con Talleres. Algo se terminó de romper (Foto Juano Tesone).
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