Decía Arendt que había que estar siempre atentos a la “banalidad del mal”, devenida de la falta de pensamiento crítico y asunción ética de las conductas propias, que quedan como diluidas en comportamientos masivos.
Salvemos las grandes distancias: no compararemos aquí a uno de los ejecutores responsables del genocidio nazi con un par de decenas de pelotudos que se entretienen yendo a las gradas de la cancha a gritarles insultos racistas a sus adversarios.
Pero aunque varios intelectuales polemizaron con la idea de Arendt, sí podemos tomar prestado su concepto: percibimos que cuando los hinchas gritan en la cancha contra un tipo porque es negro o gitano (este domingo, al Huevo Acuña lo trataron de “mono” y al DT Sánchez Flores, de “gitano”), no parecen tener mayor consciencia de la barbaridad que están haciendo.
Tienen perfecta edad y conocimiento como para saber a qué clase de abismos han rebajado al hombre los comportamientos y las acciones de discriminación y exterminio de razas, pero parecen divertirse humillando a un rival deportivo.
Como si fuera banal estigmatizar al otro por su color, su origen, su raza. Como si la ignorancia y la estupidez pudieran disculpar el odio que anida en esos insultos, y que nunca sabemos dónde va a parar.
Acuña marca a Greenwood, de Getafe (EFE / Zipi).
Vinicius Junior hace una semana, cuando lloró en una conferencia de prensa por los (AP Photo /Oscar J. Barroso).
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