La alianza entre la toga y la gorra
Comenzaba la era de la “Maldita Policía”, acaudillada por el legendario comisario Pedro Klodczyk
La vara de la Justicia
Vara, ya anciano, enfermo y deprimido, pasaba los días en su elegante caserón de City Bell. Sus amigos policías le habían bajado el pulgar
Fue una gran escena de la historia del delito en la Argentina, aunque entonces pasara desapercibida como tal. Su circunstancia propiciadora:Corría apaciblemente una de las últimas noches del verano de 1995, y el calor climático, junto con el que irradiaba el carbón de la parrilla, hizo que los asistentes –un puñado de policías vestidos para esa ocasión de elegante sport– se volcaran aEntre ellos había un hombre que no parecía ser un agente del orden. Los presentes lo trataban con suma deferencia. Cada tanto, se pasaba una mano por. De contextura intimidante y varios kilos de más, lucía una camisa arremangada, la corbata floja y unas gotas de sudor le corrían por la nariz, levemente sonrosada por efecto del alcohol.El tipo vaciaba una y otra vez su copa. Primero, con discretos sorbos y, después, de un solo trago, vociferando bromas que él mismo se encargaba de festejar, mientrasEl resto de los presentes reía por compromiso.Pero, de pronto se puso serio y, sin dejar de arrastrar la “erre”, dijo:Los policías se miraron unos a otros con azoro e incomodidad. Algunos, incluso, trataron de incurrir en otros temas. Pero él continuaba enfrascado en aquella obsesión, y la bebida lo fue poniendo aún más pesado.–insistió por última vez, al concluir la velada, no sin aclarar que tal “premio” consistía en 20 mil dólares contantes y sonantes.Era nada menos que, quien tenía a su cargo el Juzgado en lo Criminal y Correccional Nº 7 del Departamento Judicial de La Plata.Yla destinataria del “favor” en cuestión era, quien por entonces, cuyos paraderos eran un enigma, tras haber caído en las garras de La Bonaerense.El 28 de septiembre de 1990,, mientras era sometido a brutales torturas para que confesara el robo de una bicicleta. Así tuvo el siniestro privilegio de ser considerado el primer desaparecido desde la restauración de la democracia. O, al menos, el primero que logró trascender a la opinión pública.En 1993 –y a pesar de que la Jefatura estaba al tanto de lo ocurrido con Núñez–, el expediente dormía el más profundo de los sueños, y la prensa ya se había olvidado del asunto. Hasta que Témpera asumió la representación de la familia del albañil.Entonces, tuvo que vérselas con Vara. Con fingida pesadumbre, este sujeto apeló al sentido común:Y supo maquillar tales palabras con una expresión piadosa: su mirada apuntaba hacia un crucifijo de madera al costado del escritorio.Vara declamaría esa misma frase al oído de Témpera en agosto de aquel año, esta vez refiriéndose a Bru. Días antes,contra efectivos de la Comisaría 9ª de La Plata con motivo de un allanamiento ilegal. Ello motivó su arresto, seguido de su desaparición.Pero volvamos al caso Núñez.Por entonces, aún era un secreto que, un pesado de fuste cuyo legajo chorreaba sangre,para ocultar la responsabilidad en ese asesinato de tres subordinados suyos: el subcomisario Luis Ponce y los oficiales Alberto González y Pablo Gerez, quien, además, era su sobrino.Lo cierto es que, horas después del crimen, el magistrado se dejó caer en la sede de la Brigada con un consejo técnico:. Y añadió su cita de cabecera: “Si no hay cuerpo, no hay delito”. Aquella vez, su expresión no fue nada piadosa.Pero para su sorpresa, Témpera logró algunos testimonios cruciales; los de algunos detenidos en la Brigadadurante. De modo que a Vara no le quedó otra alternativa que procesar a una decena de policías. Un contratiempo subsanable.Esa vez la ayuda fue obra de la Cámara de Apelaciones, presidida por el magistrado Horacio Piombo, que volteó los encausamientos con un argumento atendible:Mientras tanto,, puesto que Témpera también había conseguido la declaración de algunos presos en la Comisaría 9ª, quienes afirmaron haber oído desde sus calabozos los alaridos del estudiante al momento de ser flagelado.No obstante, el expediente quedó también frenado en esa instancia. Aún así,Fue cuando, durante ese asado, él. Pero tal conspiración fue de corto aliento, dado que la misma se filtró en clave de rumor.Muy solícito,(aún no había un ministerio del área),A partir de entonces, la figura del juez ya estaba en boca de la opinión pública. Por ese motivo no le quedó otro remedio que excusarse de la causa Núñez Su reemplazante fue el juez Ricardo Szelagowsky (h).Aquello hizo que él se sintiera muy vulnerable.. De hecho, sus temores se corporizarían por partida doble.Por un lado, la Corte Suprema bonaerense desbarató el dictamen de la Cámara de Apelaciones con respecto a los sospechosos de la desaparición del albañil. Pero éstos se habían esfumado de los sitios que solían frecuentar. Así es que no hubo detenciones.Por otro lado, Témpera presentó ante el nuevo juez alcon un dato preciso: el lugar en dónde había sido ocultado el cadáver de Núñez., en un campo de General Belgrano, cuyo encargado era un primo del oficial Gerez. En medio del procedimiento hubo una circunstancia reveladora, cuando un lugareño increpó al agente de consigna con las siguientes palabras:Szelagowsky ordenó aquella semana la detención de 12 policías.Ya en 2013, epor ser uno de los tres autores materiales del crimen; los restantes –Gerez y González– jamás fueron localizados. El “Chorizo”, por su parte, no fue importunado por la Justicia en relación al caso.A su vez,. Pero dos oficiales de la 9ª –Walter Abrigo y Justo López– terminaron encarcelados de por vida.En tanto, para Vara el hundimiento fue inevitable.¡Pobre tipo! En el camino había quedado su sueño de ser camarista. Y a partir del desplome,En semejante propósito, contó con la inestimable ayuda proporcionada por los peritos de la Corte provincial, quienes¿Acaso sobre sus sienes revoloteaban las alas de la locura? Pues bien, de acuerdo con ese informe, su mal era “crónico, progresivo e irreversible”, un diagnóstico quePero su demencia era, en realidad, una impostura para torear las graves acusaciones que pesaban sobre él; a saber: “encubrimiento, prevaricato, abuso de autoridad y violación de los deberes de funcionario público” en 27 causas judiciales instruidas por él. Además,una jubilación de cinco mil pesos-dólares mensuales por incapacidad.Pero atrás habían quedado sus días de gloria, que comenzaron a fines de los ’80, cuando algunos senadores radicales impulsaron su nombramiento para ocupar el Juzgado Nº 7.Desde allí, pasando así a engrosar su lista de incondicionales luego de que éste fuera entronizado en la Secretaría de Seguridad. Pero Vara contó también con otra base de apoyo: la cúpula policial conducida por Klodczik y, en especial, los “porongas” –tal como en la jerga canera se les dice s los jefes) de las comisarías más bravas del Conourbano.Así atravesó el lustro más provechoso de su existencia, sin imaginar que los crímenes de Núñez y Bru le jugarían tan en contra.Tres años después,, inhabilitándolo de por vida para ejercer cargos públicos, además de anular su preciada jubilación. El tipo pasó así a ser un muerto civil.Ya durante la segunda década del siglo XXI, después de declararse que el asesinato de Núñez no tenía prescripción, el otrora magistrado siguió en el ojo de la tormenta, acosado por la consiguiente pesquisa penal. Una cuestión que podría llevarlo definitivamente a la cárcel.El 28 de marzo de 2014 parecía un día más para él. De hecho, durante la mañana, los vecinos lo vieron tomando sol en el jardín, con un libro apoyado sobre sus muslos., sólo que el libro se había deslizado entre sus piernas para terminar en el pasto.Recién al caer el sol, su mujer lo llamó un par de veces desde la cocina sin que él le respondiera. Al rato,La parca lo había salvado a Vara de su posible condena.

