Rápido y furioso: Hugo Acevedo, el cuádruple asesino de Quilmes

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Hugo Acevedo, el taxista que tiñó de sangre una mañana quilmeña. (Ilustración: Osvaldo Révora)

Día de furia

La madre de la criatura

El filo de la muerte

El taxista que ya no fue libre

Tras recortar la cartulina, dibujó unas letras con caligrafía casi infantil.Acompañaba la acción asomando la lengua por el extremo de la boca en el que su bigote se hacía desparejo; luego pegó ese rectángulo sobre la puerta que daba a una pequeña oficina. Y rascándose la calva, retrocedió unos pasos para apreciar su obra con deleite. Allí podía leerse:Así era él; se tomaba a pecho hasta los más mínimos detalles. Fue cuando un agente le avisó:Minutos después, emergió de las escaleras con la camisa arremangada y. Ese era el único detalle que sugería su condición de policía. El resto de su estampa se asemejaba al de un antiguo y postergado burócrata municipal. A los periodistas les costó reconocer en él al hombre que debían entrevistar.Al acercarse a ellos, él sintió un alegre estremecimiento. Tuvo la certeza de que al fin había llegado su momento. Y soltó:En su dicción se advertía un ceceo.–¿Es verdad que lo tienen cercado? –quiso saber un movilero.–¿En qué etapa de la búsqueda se encuentran entonces?Tal respuesta, ambigua si las hay, desconcertó a los presentes.Poco antes,, había sido puesto al frente de un grupo especial compuesto por 12 detectives, abocados exclusivamente a la búsqueda del taxista Hugo Acevedo, de 46 años, cuya sangrienta faena conmocionaba a la opinión pública.Sus vecinos del, lo tenían por un tipo muy difícil; siempre se mostraba hosco y no saludaba a nadie. Perodespertó de un talante peor que el habitual. Y obró en consecuencia.Al concluir el desayuno, sobre la cama matrimonial. Después partió con premura hacia Quílmes para finiquitar otros enconos.AllíAl rato, ella lo vio llegar a bordo de un remise al pequeño comercio que atendía en el centro de aquella urbe, sin suponer queAl final, el tipo enfiló hacia el monoblock donde vivía Ada Delgado, su madre. Y ella le pidió que no hiciera ruido para no despertar al padrastro, don Eleuterio Acevedo, de 83 años (quien le dio el apellido). Y fue a la cocina para preparar mate. Al minuto siguiente,Desde entonces, el paradero del taxista fue un enigma.El gobernador Eduardosobre su localización. Su interés en el asunto tenía una lógica de marketing: maltrecho por los efectos políticos causados pory en medio del insomnio que le causaban las trapisondas de la–tal como la prensa había bautizado a La Bonaerense–, los efectos mediáticos de esta trama fueron para él una bocanada de aire fresco.De hecho, sobre Acevedo corrían diariamente ríos de tinta. Afiches con la estampa de aquel sujeto fornido, con gruesos bigotes y cabellera entrecana, se exhibían en los muros del Conourbano. Mientras tanto,en distintos sitios al mimo tiempo. De modo que los sabuesos de Smith corrían de un lado a otro, para siempre volver con las manos vacías.A la semana de sus crímenes, quien esto escribe entrevistó aen su departamento.–supo decir entonces, entre sollozos.A continuación, mostró un álbum con fotografías familiares. En ellas se lo veía al hijo en diferentes edades y etapas de su vida: en la escuela, durante la primera comunión, al casarse y en algún festejo navideño. Pero todas tenían un denominador común: la expresión entre temerosa y acechante de sus ojos.Doña Ada las exhibía con un dejo de ternura. Incluso besó la superficie de una. Y sin contener el llanto, exclamó:Aquella misma pregunta, pero planteada en otros términos, era la que se hacía el comisario Smith. Es que,Y a ello se le sumaba la presión de la prensa.Lo cierto es que el periodismo televisivo había convertido esa pesquisa en un reality show. Tanto es así que, solamente durante el mediodía del último jueves de abril,, quien vaticinaba que Acevedo cometería otros asesinatos.Y al mismo tiempo, en TN,, quien desenvainó su cuchillo de claridades con las siguiente conjetura: Este hombre es un alienado que ha hecho un síndrome de perseguido a perseguidor. Si se comprueba esta patología, con toda seguridad sería declarado inimputable por la Justicia”.En su despacho, el Gobernador hacía zapping de un canal al otro. Hasta que, finalmente, apagó el televisor.Y se volteó hacia el comisario Smith, sentado frente a él, para soltarle:Entonces fulminó con la mirada a su interlocutor, y remató:Al pobre Smith le corría el sudor por la calva. Y sólo dijo:Su ceceo era más marcado que nunca.Pero no faltaba a la verdad:, e ideaba sofisticadas celadas; también estaba detrás de sus posibles comunicaciones telefónicas. Pero aún en vano, puesto que él no hablaba más de diez segundos, un lapso insuficiente como para interceptar las llamadasNo obstante, poco después esto último dio sus frutos al ser enganchada una llamada que Acevedo le hizo desde algún teléfonopúblico a la mamá.Pues bien, a partir de entonces, Smith puso en práctica una maniobra de aproximación hacia esa mujer. O sea, comenzó a visitarla, cimentando con ella una relación de confianza.Un día ella le mostró el álbum familiar. Y otra vez entre sollozos, dijo:Smith, entonces, la tomó entre sus brazos para consolarla, y le susurró:Durante la mañana del 15 de julio, un sujeto fornido, sin bigotes y con cabellera teñida de rojizo, emergió depara caminar hacia la avenida Carabobo. Pero, de pronto, fue reducido por tres individuos que saltaron de un Corsa. Y otros cuatro, armados hasta los dientes, controlaban la escena desde un Vento. Eran los hombres de Smith.Tres cuartos de hora después,sin imaginar que su entregadora había sido doña Ada.Pero sí sabía qué hacer en caso de ser detenido.En la madrugada siguienteen su calabozo.

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